jueves, 29 de septiembre de 2016


7 alarmas, 7 causas

Con un madrugón por delante me encuentro hoy, sentada delante del ordenador, ordenando el día y desprogramando mi cerebro y las cincuenta alarmas de mi móvil para el fin de semana que se acerca.
Hay pocas cosas que me produzcan tanto placer como el hecho de que llegue el momento de irme a dormir un viernes por la noche y desconectar las siete alarmas que tengo programadas en mi móvil para levantarme.
Siete, sí, como los días que tiene la semana, que curioso, me acabo de dar cuenta; la primera es de aviso, siempre con la intención de que sea la que te haga pegar el bote de la cama, la segunda, de pre aviso, que normalmente es un segundo después, aunque realmente son 10 minutos reales de reloj, la tercera es la que pasa a primera y me advierte y me recuerda que si aprovecho ésta, mi rutina mañanera tiene los tempos asegurados, la cuarta es la de… vamos, que ya tienes que quitarle tiempo al momento café, la quinta es el aviso de que si no estoy ya en la ducha deje lo que estoy haciendo y vaya corriendo, la sexta es la de ya tienes que estar vestida y duchada que es hora de despertar a los niños, y la séptima, sal por la puerta ya, que no llegamos a todo y los niños tienen un caminar más lento y hay que llevarlos a casa de la suegra.
Al final siempre es un estrés porque tu programas tu agenda, pero no cuentas con que siempre falta algo, con que tienes dos hijos y es un milagro que los dos se despierten de buen humor y colaborativos, con que no les apetezca la ropa que tienen preparada para ponerse ese día, tampoco cuentas y por supuesto no controlas, los pipis de urgencia y de ultimísima hora justo cuando estás en la puerta de casa para salir, ni con la bolsa que se te olvida, con el almuerzo, la agenda,  el libro, la carpeta de música, tú propio tupper, la chaqueta que luego te sobra y vas cargando todo el día, las gafas de sol que dejas a última hora en algún sitio de tu casa, porque piensas que no las vas a necesitar, porque te imaginas que el día va a estar nublado, pero que en realidad lo que pasa es que ya no te cabe nada en ese bolso tuyo cuya capacidad está al límite, y luego te arrepientes prácticamente desde el minuto cero de no haberlas cogido, y cuya ubicación y paradero no descubres hasta días después, que es cuando las vuelves a coger y a guardar en tú bolso mary poppins, para darte cuenta que ese día, justo ese día, no te hace falta usarlas ni en un sólo momento, porque además de no hacer sol, llueve, y cómo no, tampoco has cogido paraguas, y como no, ese día tampoco  has cogido la chaqueta, pero lo peor no es eso, lo peor de todo, es que ese día le has puesto pantalón corto y manga corta a los niños, y el chubasquero… ¿Qué es eso?, ni siquiera lo tienes a mano, peor aún, no sabes ni dónde lo tienes, y entonces al final del día, todos habéis pasado frío, os habéis mojado, y llegas a la conclusión, que ahora sí,  que ya está, que se acabó el calor y a la mañana siguiente abrigas a tus hijos como si fuera a caer el diluvio universal, pero entonces tú hija se queja y te dice que pasa calor en la clase, y tú erre que erre, y el niño mira la escena y no dice nada porque no habla, o no se atreve, o quizá ambas cosas,  y entonces la rutinaria discusión de la ropa, y la alarma de salir de casa que empieza a sonar, la séptima,  y los nervios de la madre, yo, que empiezan a alterarse, y al final lo mismo de siempre, que va a hacer frío que te pongas pantalón largo, que si la camiseta de manga larga, que no quiero, que sí, que lo hago por tu bien, el niño que sigue mirando, la niña que sigue en lo suyo, la madre a lo otro, ¡resumen!: todos abrigados de casa, sin gafas de sol, con paraguas, con chaqueta, con pantalón largo con zapato cerrado, con la mochila una, la bolsa el otro, la bolsa del tupper, la carpeta de música, los almuerzos, medio despeinados todos, saliendo de casa preparados para el frío hibernal y aún no he llegado al tren, que ya estoy con ganas de volverme a casa, volverme a duchar, quitarme el zapato cerrado, ponerme unas sandalias, una camiseta de tirantes, un pantalón más fresco y quedarme en mi casa durmiendo, porque después de todo ésto, sólo son las 7:30h de la mañana, y entonces me acuerdo de la primera alarma de todas, la que me tiene que hacer pegar un salto de la cama y llego a la conclusión de que si hubiera conseguido levantarme con la primera, ahora no estaría corriendo como una energúmena por la calle para no llegar tarde al trabajo, así que no hay más, o levanto a los niños en mi cuarta alarma, o me pongo un octava anterior a la primera, porque no hay siete sin ocho, y el ocho es el uno, y el uno es el dos, y ahora de pronto me acuerdo de la canción de mecano la que dice que la quinta es la una y la sexta es la dos,  y así el siete es tres, y un año más y un día más que empezamos con todo y apenas despuntando el alba, pero que queréis que os diga, no lo cambio por nada del mundo.

Buenas noches, cuando son las 23:02h del jueves 29 de septiembre

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