Hoy hemos llegado tarde a una
cita médica con mi hijo. Convencidos estábamos que teníamos hora a las 18:30h. Pero
no, y era una hora después de la acordada previamente, cuando entrábamos mi
marido y yo con nuestro hijo pequeño al “establecimiento médico”.
Me vais a perdonar pero en mis años
como trabajadora asalariada, además de otras ocupaciones, también he sido
recepcionista, he trabajado de cara al público, y años he estado atendiendo
llamadas, y la verdad, nunca he sido tan impertinente ni he repetido tantas
veces una misma cosa a nadie.
Yo he ido relajada y con la
guardia baja, pues tranquilamente y a la hora indicada, ilusa de mí, estábamos
mi marido y yo en el ya mencionado anteriormente, “establecimiento médico”, y
así, con la tranquilidad de madre responsable y puntual, me he dirigido a la
recepción del centro con mi vástago cogido de la mano, y él, al igual que yo,
modoso y formal además de tranquilo.
Con toda la amabilidad
que me caracteriza, en ocasiones dicho sea de paso, le he dado las buenas tardes
a la responsable de ocupar ese pequeño habitáculo acristalado y le he
confirmado con decisión y predeterminación, y amabilidad, os recuerdo, mucha
amabilidad, que teníamos hora a las 18:30, y en pocas palabras, que nuestros
cuerpos presentes, calientes, vivos, estaban ya aquí, a modo de prueba
fehaciente de que podía proceder y en definitivas cuentas que procediera.
Y ya íbamos mal!, porque no había
yo acabado de presentarme y confirmar mi cita, que esa mujer ya indignada, ha
empezado a negar con la cabeza a la par que confirmaba su gesto con el
monosílabo correspondiente, mientras además, a todo esto cogía un libro de
citas y horas, que parecía más una traducción de un libro de derecho romano de
aquellos que “fotocopiaban” los curas hace 15 siglos en los monasterios a la
luz de una vela y con papel o pergamino
o lo que fuera que fuese aquello y a posteriori lo hubieran cosido con algún
tipo de hilo también del mismo período, que ella seguía ahí, renegando
y agitando además, esa enorme página de 150 gramos de peso y unos 3cm de grosor y dejando pasar unos segundos que han parecido minutos de 120” para empezar a decir
que era a las 17:30, varias veces seguidas ¡así! Rápidas, porque podría ser que
yo fuera sorda y que no me hubiera enterado y que lo que hubiera hecho hubiera
sido tan grave como haber destruido ese libro de derecho romano de hace 15
siglos que ese cura “fotocopió” dejándose la vista, la salud y casi si me apuráis
la vida, y que no hubiera más copia en el mundo entero que ese tomo que yo acababa
de destrozar con el esfuerzo que conlleva destruir las 500 páginas del mencionado
tomo, con su peso, su tamaño y su grosor correspondiente, y habiendo sido mi marido y yo, los únicos responsables de haber eliminado y destruido para siempre la posibilidad de que generaciones futuras pudieran haber podido disfrutar del enriquecimiento de sus mentes con sus textos.
Cuando la mujer parecía que
paraba unos segundos para respirar, aproveché para decirle, que habíamos
anotado mal la hora, pero esa mujer…, esa mujer seguía con sus 17:30h y una vez
y otra y negaba y renegaba. Me he empezado a enfadar y mi tono amable ha ido desapareciendo,
mi marido en el baño, mi hijo antes tranquilo ya me estiraba para dentro de la
consulta, porque a él las horas, los tomos y los reniegos de esa mujer le
importaban un pimiento, él quería entrar
a jugar con los juguetes, la mujer que se levanta de la silla, que como novedad
introduce que cierran a las 19:00 y que claro teníamos hora a las 17:30 y se
marcha renegando e introduciendo otra novedad, voy a preguntarle a la doctora,
sí, sí, hable con ella ¡¡repítaselo a ella también!! Para que nos quede claro a
todos y ¡¡traigan las 2 una vara a la vuelta!! ¡¡¡Para que pueda fustigarme!!!
17:30h.
Finalmente ha venido la doctora, nos
hemos entendido con ella, y no nos ha mencionado la fatídica hora en ningún
momento. Eso sí, al salir, y por sí no nos había quedado claro, nos ha vuelto a decir que teníamos hora a las
17:30, y mis ojos... han salido un poco de mis cuencas.
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